El presidente Lluis Companys se quita sus zapatos una madrugada de octubre de 1940 en el histórico castillo de Montjüic
Ahora que veo sus zapatos blancos aplastando entre el barro la colilla del último cigarro que ha fumado mirando el incierto azul que tanto amó abrir el amanecer y sonríe elegante - aún sin corbata – cuando con la punta del zapato (un zapato blanco como de sportman o club de tenis o paseo pisando la grava del parque o veraneo en Cadaqués) lo aplasta contra la tierra cuya ausencia le duele más que la propia vida que deja.
Entonces tras mirar el cielo sonreír añorar y ventear el mar lejano pide descalzarse y con gesto cuidadoso pausado como caricia o cortés adiós coloca a su derecha cerca del muro sus zapatos blancos (esos zapatos de sportman en día de ejecución) que quedan tan cerca de la colilla aplastada y ahora dice con una tristeza limpia saboreando las palabras como despedida o reencuentro descalzo para morir pisando tierra catalana y sonríe de nuevo mas ahora altivo y espera la descarga y antes aún dice asesináis a un hombre honrado (y lo fue con la honradez serena y callada del tiempo antiguo de la dignidad) y dice o grita entre disparos Visca Catalunya Lliure y cuando cae y nada dice y su cuerpo inerte reposa en la tierra amada por libre entonces ahora veo sus zapatos blancos que permanecen en el foso del castillo esos zapatos como de sportman o veraneo en Cadaqués esos zapatos blancos tan de fusilado tan de pasear ante el histórico foso del histórico castillo de Montjüic (ese castillo y foso tan de fusilados) una brumosa madrugada de octubre que nada anuncia salvo la nada y muerte que nada deja.
Nada salvo unos zapatos blancos (blancos ya sabéis como de sportman) que permanecen siempre intactos sin sangre limpios y tan blancos en estos muros negros de tanta historia.
El plano más oscuro de la tierra no es comparable a la piel dormida de las cobras que yacen bajo mi cama. Cuando su amo quiere, se despiertan mudadas en tenaces cascabeles indignos del deseo.
DEFINICIÓN
Amar es compartir la cama de un enfermo, dejarse acariciar por manos temblorosas, sentir la calentura de unos labios en noches de sed y de desvelo. Amar es olvidarte de tu cuerpo.
¿Cuántos kilos de marfil se necesitan para construir el teclado de un piano? ¿cuántas toneladas de elefantes hay que abatir para escuchar en los salones una polonesa de Chopin? ¿Cuántos bosques más deben talarse a cambio del placer de Shakespeare o Quevedo? ¿Cuántas montañas se deben arañar para que el metal y la piedra se sueñen entre las manos de Brancusi o Giacometti? ¿Cuántos esclavos de guerra se deben emplear para que los tiranos levanten sus cruces, construyan sus pirámides...? ¿Cuánta naturaleza hay que ultrajar para que las top-models nos fascinen con sus potingues, sus sombras, sus pestañas postizas, por la divina comedia de las revistas y las pasarelas? ¿Cuánta ignorancia más se debe financiar, cuánta depredación se debe tolerar, cuánta vida se debe exterminar para que lo vacuo, el lujo, la fanfarria nos entretengan y nos envilezcan?
La muerte se exhibe con distante belleza, retorcida cosmética, seductores demonios, pero huelen tanto a descomposición todas sus industrias y sus estrategias, que a veces quisiera dejar de esculpir, pintar, escribir, cantar, contemplar, para no ser Cómplice, ni un segundo más, de la Casquería.
(De Constelaciones al abrir la nevera. Poesía Hiperión,1996)
Lo diría una indígena y tendría razón: “Ustedes tienen la vida organizada en cajas. Nacen y les depositan en una cajita, su casa es una caja, y las habitaciones son cajas más pequeñas. Suben a la casa en una caja, Bajan a la calle en una caja. Viajan en una caja. Duermen y hacen el amor sobre una caja. A través de una caja ven el mundo. Cambian de casa: lo meten todo en cajas. Los Bancos y las Cajas hacen caja. Y cuando mueren Les introducen también en una caja.” Todo está hecho para que encajemos. Nos encajan la vida. Algunos no encajamos, y nos desencajamos.
El 23 de febrero (miércoles) a las 19,30 horas en el Salón de Actos del Centro Deportivo y Cultural de la Petxina, recito a Miguel Hernández.
Sois muchos, los que siempre me decís que os avise cuando recite en Valencia, pues bien, ahí está, después no digáis que no os avisé, pero si queréis tener sitio, habréis de aligerar, pues otros recitales, organizados por la Biblioteca de la Petxina, como éste, se han llenado, y es que el Club de Lectura de esa biblioteca , es mucho club.
Lo dicho, allí estaré recitando a Miguel Hernández, todo un lujo, más aún... un 23F.
Y con gente que se estima la poesía, como Marga, la técnica de la biblioteca, y Arcadi, director del club de lectura, con los que estoy en la fotografía, y mucha gente más que cada recital encuentro en la Petxina.
Las excavadoras se pasaron toda la tarde deshauciando piedras indefensas condenando a hierbas buenas y decentes al exilio más irreversible.
Tenían órdenes de no hacer prisioneros.
En su lugar, plantaron elegantes farolas de tacto frío y desdeñoso y fue imposible establecer con ellas conversaciones milenarias debido a lo inoxidable e inalterable de su piel.
Buscamos tribunales que pusieran desorden entre tanto orden pero en comisaría nos adivirtieron que ya no estaban de moda las arrugas ni los descampados y que las grandes empresas habían decidido exterminar todo lugar desmercantilizado toda idea o anhelo que no hubiera sido publicitado anteayer: imposible reivindicar la sabiduría paciente del musgo.
Alguien se acercó y se lamentó por sus recuerdos robados. No fueron muchas las protestas pues el hombre del tiempo había pronosticado alegrías inmutables por todas partes.
¿Batalla perdida? Fuimos felices reconociéndonos momentáneamente frente a un tiempo que expulsa el tiempo de aferrarse de entrelazarse, de sedimentar sentimientos.
Y renegamos, renegamos afirmativamente.
Sólo lo que envejece existe y es compartible y es entonces digno o al menos posible de ser amado.
Entornaré tus ojos si prometes soñarme. Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre: a veces necesito saber que tienes miedo. Cuando sepas hablar, dame mi nombre; diciéndome papá ya habrás hecho bastante. En invierno no abrigues demasiado tu cuerpo de princesa, más útil y más noble es irse acostumbrando a resistir. Acepta golosinas de los desconocidos -no está el mundo como para negarse-, pero apréndete esto en cuanto puedas: más frecuente es lo amargo, o que te ignoren, y no los caramelos. Te enseñaré a leer fuera del aula, y llegada la hora quiero que escribas mar sobre los azulejos del pasillo. Cuando por vez primera cruces la calle sola sabrás que el riesgo y la velocidad perseguirán tus días para siempre. No creas que, en el fondo, no soy un optimista; si no lo fuera, entonces no estarías allí cuidando que te cuide como debo. Como ves, desconfío de quienes no veneran el asombro de estar aquí, ahora. Existe la alegría, pero duele; tendrás que conseguirla. Y cuando la consigas tendrás miedo.
Cometo un crimen metafórico y dejo que el papel empape la sangre. La mejor manera de arreglar el mundo es tomarme la justicia por mi mano y hacer un poema punitivo contra esta humanidad que tanto duele. Quiero que mi justicia poética les haga gritar en silencio.